3/04  julio-septiembre

KOLTÈS, KOLTÈS, AZAMA
Carlos Celdrán



Koltès 1
Unos meses después del estreno de La Cándida Eréndira de García Márquez en el Festival Internacional de Teatro de Caracas de 1992 y del éxito que aquel espectáculo significó para los que en ese entonces formábamos el grupo Buendía, decidí que mi próximo proyecto sería Roberto Zucco de Bernard Marié Koltés. La obra acababa de ser traducida al español y publicada por la revista española El público que dirigía el desaparecido investigador y crítico teatral Moisés Pérez Coterillo. El texto rápidamente y gracias a esta anticipada y cuidada edición española llegaba a mis manos a casi sólo un año de su estreno mundial en Alemania bajo la dirección de Peter Stein. Recuerdo que comenzamos las primeras sesiones de trabajo de la obra a inicios de 1993 y no más empezar fueron interrumpidas por los viajes y las sucesivas temporadas internacionales que en lo adelante y durante los casi cuatro años siguientes tendría La Cándida Eréndira que devino un espectáculo frecuente y aclamado dentro del circuito de los más importantes festivales de teatro del mundo, a la vez que se convirtió en el Arca de Noé que nos permitó viajar y mantenernos a salvo dentro de la profesión durante los años del Periodo Especial. Roberto Zucco se continuó, no obstante, ensayando en medio de las giras y las temporadas de La Cándida..., en los tiempos muertos que aparecían entre ciudad y ciudad y en los esporádicos regresos del grupo a La Habana .
Roberto Zucco fue quizás el antídoto que de algún modo elegí para compensar el efecto a largo plazo que ya intuía tendría en mi trabajo el éxito seguro de un espectáculo como Eréndira, con sus grandes despliegues visuales, sus hermosos tableux vivants y su acrobática síntesis de música, gesto, circo y cine mudo que algún crítico europeo asociara al Kabuki, un despliegue teatral en extenso del cual quizás ya necesitaba escapar. Aunque en realidad lo más determinante de aquella primera y sorpresiva elección de esa obra fue el impacto, la empatía extraña, paradójica y cómplice que provocó en mí la alquimia de la que estaba hecho su protagonista, Roberto Zucco, ese hermoso asesino en serie, sacado de la crónica roja de los años 80s en Francia e Italia, que huye y recorre, en un vértigo de libertad absoluta, una ciudad desgarrada por putas y chulos, marginalizada de pronto por hermanos que prostituyen a hermanas, por policías tediosos y brutales, por madres, hijos y familias carentes de escrúpulos y códigos éticos reconocibles, una ciudad exesivamente vigilada, cerrada y sin fronteras accesibles, asfixiada por el calor, por el otro calor de la marginalidad y el agobio del deseo, ese asesino que declaraba abiertamente como su programa de acción más constante no querer ser el héroe que la mayoría de los jóvenes de mi generación aspiraron de algún modo ser y para los cuales todos los discursos utópicos conocidos preparaban una plataforma de despegue, sino, por el contrario, proponer en sus soliloquios delirantes la revuelta menor que implicaba para el orden establecido ser “invisible como un camaleón sobre una piedra” o “como un tren que atraviesa tranquilamente una pradera” porque - dicho así de golpe - “todos los héroes son asesinos”. Esquizofrenia política o el evangelio de un idiota que propugnaba no empujar el mundo como pensábamos era el deber hacer sino rodar con él, aspirarlo en su quietud, con la parsimonia de un “rinoceronte blanco bajo la nieve”.
El adolescente que todavía podía latir en mí aún a esas alturas del juego hizo que me encandilara con la rebeldía caótica y nietzscheana de Zucco, con sus imágenes extremas e inusitadas y al mismo tiempo cargadas de una pureza perfecta, fue la misma empatía que tuve cuando siendo realmente un adolescente descubrí a Rimbaud.
No medí entonces siquiera la dificultad técnica que implicaba elegir una obra proveniente de un tradición teatral de texto de la cual yo como gente de teatro apenas había explorado, la poesía y la filosofía delirante y pura de Zucco entraron a formar parte de la visión con la que podía teatralmente observar y meditar sobre la realidad que me rodeaba, vuelvo a recordar que estamos hablando de los años más críticos y sorpresivos del Periodo Especial, de súbito y como buen adolescente tardío de casi 29 años sentí la conexión clara y poderosa que había entre mi rabia y mi desilución cotidiana y la que se escapaba de las metáforas lingüísticas y delirantes del Zucco de Koltès, fue sin lugar a dudas un gran entusiamo que no me detuvo ya más.
El hallazgo de este texto significó el encuentro con un tipo de antihéroe perfecto para el momento especial que vivíamos en Cuba. Zucco estaba construido por Koltès como producto de una intuición poética más que del resultado de la observación clínica de un esquizoide común, un gran autor, sin dudas, capaz como los grandes poetas de la escena de vaticinar la atmósfera y el color del futuro inminente, de esclarecer desde su vacío de utopías e ideales el signo exacto de los tiempos, tiempos de cambios generalizados y de metástasis. Fue también el hallazgo de un lenguaje dramartúrgico que no podría haber sido entendido a cabalidad años atrás, inesperadamente era mi lenguaje, el que me tocaba descifrar, intentar hacer y ayudar a esclarecer , la coartada perfecta para iniciar y justificar un nuevo camino de búsqueda. Roberto Zucco era el lenguaje en sordina de los 90s, el del cierre y el balance finales, Zucco era el antihéroe de una década que se inició para nosotros con una caida y una gran implosión, la obra de Koltès mostraba con nitidez esa planicie nueva que se nos abría sin nombres ni códigos después de la caida, la jungla de la posthistoria, el paisaje después de la batalla como diría Wadja, con el cambio de piel de sus protagonistas a la intemperie en los espacios reales y derruidos de esa ciudad mundializada, todo dentro del sepia de una secuencia fílmica y desnaturalizada que sonaba en la oscuridad, en el interior de un hueco, en la profundidad de un túnel. El color del sonido de aquellos años extraños. Como decía antes no medí el monto de dificultades que entrañaba la obra técnicamente, ni siquiera me importó de que iba en otra dirección a la que seguía estéticamente el grupo donde trabajaba, lentamente la obra me llevó a entender un tipo de compromiso teatral con el presente, con la textura particular de ese presente, con sus objetos reciclados y sus colores específicos, sus gestos menores de sobrevivencia y sus imágenes fragmentarias, un tipo de teatro que se alejaba de la belleza formal y de lo lúdico, del logos de un teatro visto como fiesta y celebración de lo teatral para proponer otro urbano y destrozado por el vacío del presente, por el peso de la historia contada aquí y ahora y la carga real del lenguaje elegido.
Estrenamos esta primera versión de la obra en 1995 tras casi tres años de dilación. Tuvo una corta temporada en La Habana y fue recibida con apatía por la crítica, a la vez que encontró espectadores que leyeron de algún modo el signo velado aún de esta vuelta de tuerca que estaba buscando. Para los actores del Buendía fue un reto fascinante develar los espacios mentales de estos personajes nuevos, sin dudas contemporáneos suyos de nuevo signo, a la vez que para mi resultó un proceso de dirección complejo donde me sentía a caballo entre mi experiencia y las necesidades concretas del texto. Experimentamos con todo tipo de metodologías, muchas de las cuales fueron traidas al proceso por los mismos actores, recuerdo las largas acumulaciones de secuencias de acciones fisicas que en forma de improvisaciones personales, ya fijadas y pautadas, presentaban ellos, donde se buscaba, aparte del sentido encontrado, una cierta cualidad técnica en la precisión y diseño del cuerpo, recuerdo además los circuitos espaciales que de allí resultaron y el dificilísimo proceso de ajustar luego las palabras a todo el material improvisado. Un método de trabajar claramente influenciado por el Odín Teatret.
Fue algo tarde cuando decidí curar a fondo lo acumulado y llegar al tono necesario. Descubrí que el eje del montaje estaba en la línea interior que organizaba la palabra y los comportamientos capaces de esclarecerla y no en el discurso analógico de las imágenes y los rituales extraverbales del cuerpo. La influencia barbiana me resultó, de pronto, un método extraño y ajeno a la historia. Una imposición. Digo que fue tarde porque los niveles de entendimiento de ésto no eran ni serían parejos en lo adelante para todo el grupo, quizás hasta un trecho el equipo en su totalidad sintió la necesidad del reto nuevo que se les abría pero llegado a un nivel no parecía que les fuera claro a todos continuar este camino de depuración, se detuvo la experiencia, entoces, en el punto donde debía haber comenzado un aprendisaje actoral capaz de hacer explotar las imágenes poéticas de Koltès desde la encarnación de la palabra y sus metáforas, este camino me llevaría, más tarde, fuera del Buendía dispuesto a continuar esta búsqueda personal con otros equipos descontaminados de un aprendijzaje que defender a ultranza.
El Roberto Zucco que hicimos entonces fue todo empatía e identificación obvia con las tesis apocalípticas del personaje protagónico. No podía ser de otro modo. En esos momentos necesitábamos con urgencia enarbolar un credo, gritar y sacudir a los espectadores que llegaban a la sala por respuestas en medio de aquella crisis inédita. La Habana con sus apagones, sin transporte, deprimida fue el subtexto del montaje. Subtexto que reventó por el cuerpo de los actores, por la entrega física que ellos desplegaron, incapaces de dar vida a las sutilezas del texto desbordaron la fábula de Koltés con el sacrificio real de sus cuerpos. Como guerreros. Como cruzados a la búsqueda de un teatro al que afiliarse.
De ese montaje recuerdo con intensidad el logro de ciertas atmósferas y estrategias: el uso del espacio real de la iglesia del Buendía como set y lugar de la acción, las paredes negras del edificio como los muros de la ciudad, las esquinas y rincones del recinto para los encuentros casi cinematográficos de los personajes - algo que después he buscado con ahinco, esa sugerencia de realidad en el escenario - el minimalismo de los objetos, y las pocas luces con las que inventamos soluciones eficaces y provisorias para dar atmósferas y espacios sensorialmente creibles, los circuitos de los actores que en sus entrecruzamientos sugerían las calles de El Pequeño Chicago, y sobre todo el atisbo de una historia contada límpiamente con el trabajo de los actores, una historia contemporánea y personal. Este Zucco primerizo fue el antecente de mi trabajo con Brecht, me refiero a su Baal y El alma buena de Se-Chuán y de todo lo que he hecho hasta hoy.


Koltès II
Pasaron, entonces, como en la fábulas, nueve años y volví a leer la obra. Estaba a la búsqueda de un nuevo proyecto para mi grupo y hallé el guión en algún lugar de mi casa. Durante este tiempo transcurrido había estrenado con mis actores un extenso y complejo repertorio de obras de muy diversa procedencia y con dificultades técnicas y expresivas considerables. Las inquietudes nacidas en el proceso de Zucco paulatinamente habían encontrado respuestas prácticas a lo largo de estos años. Por tanto, al releerlo, el texto de Koltès me resultó el mismo y definitivamente otro bien distinto. Al menos esa impresion feliz fue el detonante que me hizo montarla enseguida con el mismo entusiasmo de la primera vez.
Estábamos en el 2003 y aquella primera posición acrítica que tuve a principios de los 90s había desaparecido por completo para dejar lugar a una visión más distanciada, racional, frente a los sucesos y los móviles de los personajes.También la época que vivíamos era otra y eso sustancialmente hacía que leyera el texto con más certezas y aproxiamaciones. La misma realidad nos entregaba con creces modelos de comportamiento nuevos para referenciar aquí y ahora la obra. Pero por sobre todo era el personaje de Zucco el que más variaba su perfil en este nuevo encuentro con la obra.
Su biografía podía ser otra, y sin dudas lo fué al final: la biografía posible de cualquier joven del subproletariado urbano marcado e influenciado, esta vez, por la saga de los héroes virtuales y los íconos juveniles y mediáticos de la postmodernidad y que como ellos se uniforma de camuflaje o de lo que sea, - Zucco llora desesperado por su uniforme, hasta mata a la madre cuando se lo oculta - un joven real y visible en sus espacios alternativos, reconocible en su atmósfera y entre sus iguales, entrevisto en el paisaje sin rostro de los conciertos y las esquinas atestadas de muchachos, un solitario en la tribu que huye como un lince de las redadas, los discursos y los compromisos, agotado por el sexo y el sueño, amanece y pulula por los espacios públicos, los baños, las salas de espera, los parques, sin destino, a la caza, listo, hambriento, desinteresado completamente del mañana . Su filosofía, sin dejar de funcionar y de sorprendernos, venía a ser ahora el tipo de descarga deseperada y recurrente del mitómano que inventa parajes mentales y teorías con las que agredir los discursos del poder y de la mayoría. Nada de tesis originales y sedimentadas como la vez anterior, más bien, ecos, fragmentos de ideas, collagues y sueños desmedidos.
Como director estaba, por primera vez, libre para descuartizar cada móvil del comportamiento de Zucco que ahora veía con precisión y claridad, libre para ayudar al actor a encontrar una pauta real y verosímil, crítica y verificable.
La entrada súbita de un actor tan joven como Caleb Casas dio un giro al montaje en este sentido, la imagen de Caleb me obligó a pensar en un montaje basado en el diálogo con su generación. Una estrategia que ya había usado con eficacia en Baal de Brecht. Cuando hice Zucco la primera vez mi edad era casi la del personaje y eso tuvo su saldo, ahora era distinto y la juventud de Caleb acentuaron la idea de estructurar del modo que he dicho la biografía de ese muchacho posible que recorre la ciudad anónimamente enfundado en su uniforme sucio con sus gestos secretos y personales de adolescente. El tiempo, el ritmo, la desenvoltura y el rostro de un joven como el de Caleb fueron el mapa sobre los que pude operar distanciadamente para construir lo que deseaba. Confirmé al verlo decir los textos y los soliloquios tremendos de Zucco que todo lo que el personaje decía no sólo era pura invencion suya, sino la fantasía feroz de un muchacho que repite fragmentos de lecturas secretas y parlamentos de películas sublimadas y semientendidas usados para defenderse, un juego de identidades y de mitomanía que manejaba con placer y conciencia y que lo exponía en toda su ternura y fragilidad a los ojos del público. Un complejo mecanismo de comportamiento que al final y sólo al final podríamos llamar locura o trastorno de la personalidad o sicopatía. Claro que esta visión no agota lo que ese personaje puede ser pero partir de este presupuesto tan sencillo permitió que Caleb construyera una dramaturgia comprensible para él y el equipo restante de los actores, muchos de ellos jóvenes también, lo que produjo una actuación tan emotiva e intuitiva como la que logró al final. Caleb no tuvo que construir un personaje extraño con una sicología atípica y desconcertante como la que a primera vista se nos presenta de este asesino serial, hizo más bien lo contrario: normalizó a Zucco, le quitó trascendencia y simbolismo a su comportamiento o a su locura o a su violencia nata y nos lo acercó, simplemente. Esta normalización de Zucco, este zoom al rostro anodino de un muchacho perdido en la masa es la clave de la comunicación del nuevo montaje. Si Zucco no es posible o aceptable en su dimensión cotidiana, en conexión con su época y con los delirios y los sueños sofocados de su época, si su comportamiento escénico no nos dá margen para decodificar la vulnerabilidad de su violencia, la fragilidad de su furia, la impotencia de su grito, el sentido visceral de su crímenes, entoces todo está perdido para el montaje. Lo supusimos así y apareció el comportamiento que en estos casos extremos nos vuelve coherentes y expuestos a la compasión y a la empatía del que nos estudia.
Desde un principio quise un gran muro de zinc como dispositivo para concretar la imagen de la ciudad en este nuevo montaje de la obra. Alain Ortiz creó entonces la muralla que abre el espectáculo y que luego se desmenbra en pedazos que devienen interiores o calles. El uso del zinc estaba en claro diálogo con las casas de lo barrios insalubres, con sus vallas de soladura y sus paredes recubiertas por este material reciclado. Fuimos a uno de estos barrios y encargamos las planchas, llegaron cubiertas de tinta y de imágenes borrosas, con restos de colores, cintillos de noticias y grasa, las dejamos así y forramos las estructuras de madera con ellas como mismo lo hace la gente común que las refuncionaliza. El choque de estas dos sensaciones de fuerza y provisonalidad en la textura de esta muralla ciudad resultaron para mi formidables y sin duda el más alto hallazgo de esta batalla por acceder a una visualidad propias y acordes a la historia. Una muralla sólida y a la vez provisional, aplastante y frágil, bien elaborada y barata, casi desechable. Un juego de oposiciones que en su irresolución definían un mundo y un estado de cosas. Los espacios que se crearon a partir de estos trozos de muros de zinc cerraron el contexto donde queríamos que aconteciera la acción. Sugerían el hacinamiento y la pobreza capaces de generar la explosión de violencia que trae la historia. Sin explicitar más esas paredes rotundas y frágiles narraban sensorialmente todo lo no dicho acerca de la madre de Zucco y de la naturaleza de la relación de ambos, el tipo de familia que produce una Chiquilla y la lucha de su Hermano por prostituirla. En armonía con ellas el vestuario mostraba las lentejuelas cada vez más obvias y baratas del espectáculo de la prostitución, en coladges de elementos que juntaban con arbitrariedad conciente la riqueza nueva y esterotipada de una mujer elegante con la pobreza y el exceso reinantes. Dentro de esta visión la gestualidad y el comportamiento físico de los actores se hicieron claros y próximos, la música de fusión de X Alfonso empastó con el resto, el agua, la sangre, el sudor, el plástico, el metal, un dispositivo que resumía una obsesión: el núcleo de una historia que una y otra vez he tratado de develar y encajar en el vórtice del debate.
Este montaje de Zucco aún lo tenemos en repertorio, sólo hace unos meses acabamos de hacer su segunda temporada. La presencia de un público diverso y joven en la sala me hace pensar que hemos estado moviendo claves que acusan el nivel de complejidad que necesita ese público para establecer empatía real con sus héroes, no olvidemos que estoy hablando de un asesino a sangre fría, empatía visceral, casi inconfesable que surge, en gran medida hoy, cuando la vía negativa legitima con su desgarramiento lo más difícil de encontrar por el público en el entorno: autenticidad, unicidad, correspondencia entre las palabras y el comportamiento. Quizás por eso, como espectador que soy también, eligo obras y héroes que en su negatividad exorcisan la retórica y el peso muerto de otros discursos en positivo de los cuales desconfiamos. Un impulso contra la saturación de modelos que no comunican paradojas vivenciales.Que no encarnan lo que presuponen. Es un impulso de ir contra la crisis alarmante que también puedo palpar en ese público en el ejercicio de oir palabras, de catarlas sin la pretensión de que las escuchan, una pasividad que me hace trabajar duro sobre ellas para que hagan su efecto insustituible en el balance de un teatro que necesita repensar la realidad, apostar por las ideas y el foro cívico a costa de no quedar recubierto bajo el peso de una teatralidad inocua y desplazada. Es crucial para el teatro que hacemos hoy devolver a las palabras y a las acciones de los héroes algo descontaminado que las haga cobrar ante el público un relieve sorprendente dentro de la devaluación y el tedio generalizado. Hacer que los actores entiendan esta tarea es uno de mis objetivos, ayudarlos a encontrar los puentes y las conexiones entre su biografía personal y social y la de los personajes que encarnan, un compromiso secreto, un diálogo sin fractura entre lo que son y lo que pretenden defender ante el público, priorizando para ello, como me gusta repetir, el rostro y no la máscara, para demoler así la inautenticidad y la impostura que impiden que su trabajo sea vivo y aceptado como real, un espacio de verdad y de encuentro con el presente.

Azama
A mediados de septiembre del año pasado leí en la revista Primer Acto de José Monleón (otra vez una revista española) el texto de Michel Azama, “Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini”. La obra nos fue encargada para ser leida dentro de un ciclo de lecturas de teatro francés contemporáneo. Realmente me resulta muy difícil escribir con objetividad sobre un proceso tan cercano aún en el tiempo por lo cual prefiero ir intercalando algunas de las notas de trabajo que a modo de primeras ideas tomé en un cuarderno y que ahora al reelerlas me resultan bastante precisas con lo que después resultó ser la puesta en escena, a su vez, me remitiré a algunas entrevistas y artículos que durante este tiempo hemos tenido que hacer sobre el tema para tratar de sintetizar lo que para nosotros es y ha sido hasta ahora trabajar con el texto de Michel Azama sobre la vida de Pasolini.
Notas: (realmente fueron de las primeras)
-Un rodaje, una filmación, un gran set de filmación. Los espacios serán pequeños sets, ángulos para la toma, para el eje de la cámara, se armarán y se desmontarán en este gran espacio cubierto de arena (después sería aserrín) donde supuestamente se rueda la vida de Pasolini. Los actores serán todos asistentes en ese gran rodaje:entran y sacan objetos, mesas, bancos de madera, macetas con flores( después no hubo flores) y lámparas (tampoco las hubo). Objetos de utilería,botellas de vino, copas, libros, máquina de escribir.
-Habrá una claqueta en algún instante. Una narradora irá dando los nombres de los cuadros, el número de escena y de los personajes que en ella intervienen según los precisa Azama. No debe ser esta una operación obvia, la filmación, quiero decir. Debe ser algo subliminal que facilite los cambios de espacio tan complicados de la obra dentro de este gran studio, o nave o plató. (la estructura del texto de Azama está compuesta por fragamentos interdependientes muchos de los cuales son meras condensaciones de ideas sin una situación o circuntancia clara, lo que obligaba a encontrar un tipo de espacio que entre muchas cosas ayudara a dar fluidez a la narración. Un espacio ambiguo que facilitara la ruptura y la continuidad).
-el piso de arena (que fue aserrín) dará unidad a todo el gran espacio del plató. Se filma en esta gran playa gigante, que nos recoradará a Ostia donde lo asesinaron, o los jardines de la estacion Términi donde ligaba o alguna de las locaciones de la periferia de Roma en Accatone.
-Los actores se desplazarán por el espacio antes de entrar a su ángulo para rodar su toma o para servir al rodaje que funciona solo. Por ejemplo, la escena del jardín de Ramuscello, en el Friuli. Macetas y plantas varias ( se eliminaron las plantas y se quedaron las macetas) una paleta de metal para la tierra amontonada sobre un plástico negro( terminó siendo transparente), un banco rústico con una botella de vino tinto y una copa servida, un libro abierto sobre el banco. Pasolini trabaja en su jardín cuando lo visita el militante comunista. O fuma ( no lo hizo ) o bebe (esto sí ).
-La presencia de una mujer en el equipo daría alguna posibilidad al monólogo de la estación donde esta haría de la madre dormida sobre las maletas. Ver esta idea de la mujer que se sienta en la maleta con sus bultos de viajera (nunca llegaron a estar estos bultos) y se coloca un manto sobre la cabeza para desaparecer (fue bien distinto, vestida formalmente de lino rojo la narradora nos da la espalda como la idea de la madre que duerme mientras el hijo desesperado monologa sobre el destino incierto que a ambos se les avecina) al final rompe suavemente con la situación y se va. Todo sera así...
-El vestuario: tres épocas sucesivas, los años 50s, 60s y 70s. Unidad: el traje y corbata al uso para magistrados, testigos y acusadores. Los muchachos de la calle en jeans y Mannhatans casi como hoy, ver Teorema, ver moda de los 70s muy parecida a la actual, etc. (fue una estrategia consciente desde el inicio este juego de acercamiento con el vestuario de los ragazzi da vita. La Habana es muy pasoliniana ahora mismo, el crecimiento de la prostitución masculina, la marginalidad, las zonas de intercambio y riesgo, la sexualidad como sobrevivencia, la sensualidad como arma de combate, la belleza y la decadencia a un tiempo. Pasolini podía moverse así por espacios y situaciones que ya no nos resultaban desconocidas pero sí dolorosas de algún modo, toda esa realidad que Pasolini vivió con plena conciencia están presentadas en el montaje desde nuestra realidad, los ragazzi da vita sutílmente son los nuestros, los que pueblan la noche y las calles de La Habana con su carga de autodestrucción, su ira y su sensualidad)
Una entrada de esta libreta de trabajo inicial que casi no tuvo variaciones en el montaje definitivo:
-El militante comunista toma el carnet de Pasolini, lo lee, saca una fosforera y lo quema. Lo deja caer ardiendo en el montículo de tierra del jardín de Pasolini. Luego tras dar su sentencia final, se marcha. Pasolini vierte sobre el fuego los restos del vino tinto de su copa y lentamente entierra el carnet humeante en la tierra mientras habla con Guido, su hermano asesinado. Tras esto se levanta y sale del área donde lo deberán esperar las maletas ya colocadas para el viaje. La narradora anuncia el próximo cuadro y se sienta como la madre en una maleta mientras Pasolini se coloca un abrigo de viaje (que resultaría luego la chaqueta del traje de lino crudo que lo acompaña todo el montaje).

El modo en que concretamos esta escena en particular me hizo muy feliz: La tierra donde sepulta simbólicamente sus ideales y donde por asociación podría estar enterrado el cadáver asesinado del hermano guerrillero y antifascista que ahora evoca es la misma que tendrá que dejar atrás, la de su pueblo amado, su dialecto y su tradición provinciana, sobre este pequeño y simple ritual Pasolini dará su escueta y dolorosa sentencia sobre el Socialismo que convertimos, luego, en escolástica y dogma, una breve sentencia que nos pone en alertas, que nos atraviesa como un rayo la conciencia. Pasolini nos es presentado en su primera aparición en la obra en el momento que el Partido Comunista Italiano, su partido por honesta filiación, lo expulsa del paraiso de su tierra, de su militancia y del Socialismo que la izquierda proyectaba construir sobre un modelo de hombre al cual él no podía aspirar. Una escena y un momento de una condensacion agónica tremenda, en lo adelante veremos el peregrinaje de un hombre, la caida y la resistencia feroz de este expulsado. Azama sabe lo que hace con este primer paralelismo casi bíblico, el Comunista como una especie de Dios Padre que expulsa al Hijo pecador de su lado, al hijo intolerable, “Abstente de frecuentar el local”, le dice. La escena es presentada en el jardín de Pasolini, en su Edén materno, el resto de la obra ocurre en espacios que lo alejan cada vez más de aquella inocencia primera donde apostó por la utopía y el sueño social. El fuego, la ceniza del carnet quemado, el vino rojo derramado en la tierra oscura, el amasijo de todo ello que termina empacado en un plástico que desaparece en un segundo como una evidencia policial más de este proceso que veremos culminar con el lichamiento del hijo rebelde, molesto, en el basurero de una playa periférica, gólgota espurio para homosexuales y delicuentes).
En las notas al programa de mano escribí esto:
Son los años 70, Pasolini cae abatido en una playa en las afueras de Roma, entre nosotros son años también difíciles, la intolerancia toma cuerpo y hace estragos, la cultura cubana mide y repasa aun el monto de tales errores.
(Creo que en este paralelismo terrible está encerrada la fuerza de la comunicación del trabajo que hemos hecho y el tipo de reacción que hemos provocado, la construcción de Azama sobre la vida de Pasolini sin dudas se potencia y se carga en Cuba de un modo muy particular gracias a la historia subyaciente que hemos vivido en las últimas décadas. El Parametraje por asuntos de índole “moral” contra intelectuales y artistas en los años 70s como referencia subliminal, las trampas y las máscaras de la izquierda intolerante que como signo peligroso y agobiante se reactivan por ciclos y períodos, la crisis de una visión estrecha del hombre y del ejercicio de su sexualidad dentro de los cánones de un socialismo doctrinario y catecista que hemos padecido en algunos momentos funcionan como plataforma de referencias y colocan el espectáculo en una zona de confluencias y de confrontación.)
También escribí en el programa de mano:
Traer a Pasolini de vuelta es un poco establecer el juego de la meditación y la memoria, es volver a jugar con las heridas, es jugar con el fuego para no quemarnos nunca más. (de hecho es el gran objetivo de Azama. Sin simplismos ni didactismos trata de que su público potencial desarme su sistema de defenzas y prejuicios y haga una parada antes de continuar ejerciéndolo. Me refiero a la homofobia, el antintelectualismo y el machismo. He oido y leido opiniones diversas sobre el modo en que Azama nos presenta a Pasolini en su texto. En desacuerdo con muchas de ellas sí creo que el texto de Azama da una visión compleja de Pasolini, no es sólo una visión hagiográfica, para nada. Pasolini está presentado como un ser contradictoriamente agónico, incapaz de ser feliz o de superar las heridas infligidas a su integridad, destructivo y genial hasta el exceso de lo tolerable. Lo vemos en plena cacería sexual, lo vemos pagar, lo vemos meterse en la boca del lobo, lo vemos decir cosas imposibles, cosas drásticas y terminales como cuando proyecta la película total con la que hará su ajuste de cuentas, visión que insisto sí es muy descarnada y nada complaciente, hasta peligrosa, diría yo. Pero lo que sucede es que esta visión está superada por la estrategia dramatúrgica, tan antigua como eficaz, de buscar, por sobre todo, la empatía del público con el héroe y así llevarnos luego a la catarsis que una historia como ésta, la historia de un gran hombre, necesita tener para movernos hacia la superación de los prejuicios y las fobias que de otro modo abortarían el equilibrio que busca reestablecer su autor acerca de lo que es el hombre, su sexualidad, y el uso de su pensamiento y de su libertad vital en relacion con la sociedad, la mayoría bien pensante y los representantes del Poder. Creo que el texto de Azama es grande por ello, te reta a lograr el mismo efecto de balance a la hora de dirigirlo, si te pasas en algo, si sobrevaloras una zona de un modo indebido rompes este equilibrio casi objetivo, casi minimalista, expositivo que porta la escritura. Una periodista de la revista mexicana Proceso me preguntó sobre el por qué de esta contención que palpaba en el montaje, lo que le respondí quizás aclare más lo que intento decir ahora:

Claro que podíamos haber cargado las tintas en este asunto y hacer un montaje lleno de escenas homoeróticas explícitas,de desnudos y de exposición milimétrica del cuerpo de los actores pero preferimos la alta condensación de la sugerencia, del gesto, de la real sensualidad, de la importancia del concepto de la amistad en la relacion homosexual,del deseo contenido y explosivo, de la agonía por la perdida del amor y de la felicidad por su hallazgo, hacer que los actores pasaran al público todas las emociones reales de una relacion de este tipo y no sólamente las actitudes ya recicladas y asociadas a estos temas donde siempre exigen o suponen que todo es sexo y nada más, una visión sexista y muy heterosexual de ver el tema homosexual en el arte. Lo difícil de lograr es lo que pretendimos hacer, develar, a través de la pasión de los actores,el amor homosexual como lo veía Pasolini, como una experiencia natural, como una forma de conocimento del hombre. Presentar a Pasolini como un artista pleno, libre, contradictorio, humano y agónico y no sólo como un homosexual encerrado en su getto, visión cómoda del asunto tan del gusto del poder. Esta decisión que tomamos y que fue mi ejercicio de dirección de actores más sostenido, ha sido, según puedo constatar por la reacciones del público, un feliz hallazgo, la gente reacciona catárticamente con la obra, rebasan su propia visión del asunto, acceden a entender el dolor y el desgarramiento y el placer del hombre que pudo haber sido Pasolini. Buscamos ese concenso, esa visión humanista, tan cara a Pasolini que luchó por estar en el centro del debate social y no aceptó nunca que lo redujeran a un animal sexual, a una atracción de circo, a una piedra de escándalo, a un suceso de prensa roja, como intentaron y continuan intentando verlo y presentarlo a la opinion pública. Para nada influyó en estas decisiones de concepto ningún tipo de autocensura. A las claras es una estrategia de comunicación bastante estudiada.
Muchos espectadores, amigos y la crítica hablan del trabajo de Alexis Díaz de Villegas en Pasolini y todos coinciden en que es un trabajo de madurez. En una reciente entrevista a Amado de Pino sobre el trabajo del grupo dije cosas sobre Alexis que sería incapaz de repetir mejor, así que las transcribo:
El Pasolini de Alexis Díaz de Villegas es para mi un trabajo de síntesis. Él ha sido un actor que ha transitado por distintas técnicas, es un cuerpo que ha aprendido y ha sabido milagrosamente desaprender, es un actor que puede ahora mismo fundir y decantar cosas con el olfato infalible que lo ha hecho saber viajar por muchas partes sin estancarse o atrincherarse en lo sabido. En su Pasolini son muy visibles las huellas de todo este viaje que ha vivido en el teatro pero fundidas, esta vez, en un solo canal abierto hacia el núcleo pasional de su papel. Todas las técnicas enfiladas a crear un comportamiento verosímil y a la vez raigal, ritual de su rol. Con Alexis puedes como director hablar muchos lenguajes. Puedes entrar por la sicología, los vericuetos de la siquis del personaje posible o por el estudio detallado de una acción, de un gesto, puedes empezar desde adentro o planteártelo desde afuera, al final el arribará a una pauta tan exacta que sabrá, como dicen los maestros y casi nunca vemos cumplirse, evaporarse en el último minuto frente al público para dejar ver lo que deseamos ver cuando vamos al teatro. El Pasolini de Alexis es un bello homenaje al Pasolini real y a lo que él representa, ese intelectual que no cesó de luchar como un cruzado por lo que quería y pensaba y al que tanto nos parecemos todos aunque la mayoría de las veces bajemos sabiamente la cabeza.Yo necesitaba un Fiscal, entre mis actores no tenía la imagen que necesitaba, enseguida pensé en Pancho García que me había pedido trabajar con nosotros, era la imagen perfecta, asi que se lo propuse y aceptó, además del Fiscal estaban otros dos personajes de la galería de los que se le oponen a Pasolini, galería en tono Brechtiano, con un gestus a definir a conveniencia por el equipo y por el actor. Confieso que tenía un poco de miedo al encuentro y al modo en que nos relacionaríamos Pancho y yo, hasta ese entonces me había movido dentro de un círculo de actores cercanos pero este miedo murió desde la primera sesión de trabajo que tuvimos. Pancho comenzó, con una vitalidad que después descubrí le era característica, a traer sin tregua imágenes posibles de sus personajes, a bombardearme con ellas, al principio lo dejé lanzar todo lo que él imaginaba debían ser las biografías de estos personajes tipos, representantes del poder, que como apunté antes, no estaban definidas explícitamente por el autor. Poco a poco empezamos a dialogar y afinar juntos estas visones posibles. En un momento dado le pedí a Pancho tratar de encontrar para Pagliuca una imagen reconocible y actual. Y la trajo pero enseguida, al día siguiente. Se abrió, entonces, entre nosotros y el equipo un diálogo creciente y parejo que devino en el hallazgo y concreción de sus cuatro máscaras, al final fueron cuatro y no tres, al incorporársele Semerari, ese siquiatra que tanta felicidad nos dió, tan referenciadas y logradas por él. Fue un diálogo intenso y abierto, de ajuste y balance permanente de cada detalle. Pancho trajo al ensayo, además de su entusiasmo y obsesión por el trabajo, las anécdotas del Parametraje que padeció en carne propia, la memoria viva de esos años, cada día discutíamos sobre como materializar en las inflexiones, el gesto o la biografía de sus personajes todo lo que él recordaba y ejemplificaba del pasado. Fue maravilloso el haberlo invitado pues su experiencia vital se volcó como un sustrato de verdades vividas al mundo de Pasolini.
Logramos, esta vez, un buen equipo de actores, de gente interesada en dialogar juntos con esa historia, un equipo afinado y comprometido. Esa concentracion, resultado de sesiones cargadas de apertura y diálogo, fueron las que dieron el tono al resultado final. La experiencia y el manejo de un lenguaje común de José Luis Hidalgo conmigo, la entrada de Fidel Betancourt con un parecido físico tan cercano al Ninetto real, en un debut lleno de sensualidad y sensibilidad, con una biografia generacional muy oportuna para animar su personaje desde el aquí y el ahora y el ya creciente diálogo con Caleb Casas me permitieron acceder a una puesta mesurada y decantada por dentro. Cada día me convenzo más de que el teatro es un espacio donde las reglas de la vida están suspendidas, donde es posible crear un diálogo sin concesiones a las prioridades de la cotidianidad, un diálogo que nos trascienda y que nos tense a pensar en algo esencial y definitivo. Lo repito, una zona de meditación sobre nuestra experiencia colectiva.


Roberto Zucco

Pasolini

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